sábado, 5 de diciembre de 2009

Mi profe

No recuerdo con exactitud qué fecha fue, pero era la mañana de un día de noviembre de 1988, año durante el cual todo me había salido muy bien. Pero ése día quizás me levanté con el pie izquierdo. La cólera y la indignación invadió mis pensamientos cuando mi maestra guía me dio la libreta. ¿Cómo era posible que hubiera dejado la asignatura de Letras I, si en los dos primeros trimestres la aprobé y con buenas notas? Aparte de que es una de las asignaturas menos dificultosas del año. ¡Tenía que hablar con la maestra y ponerla en su lugar! Ese era un asunto que debía arreglar ese mismo día, sin demora, antes que se enfriara el asunto.
Averigüé la dirección de la Sra. de Garay (mi maestra de Letras) con una compañera que creo es vecina suya todavía y me dirigí hacia allá. Eran las ocho y media de la mañana.
No fue difícil dar con la dirección. Al ver la casa me dio la impresión de tener un no sé qué que le daba un toque diferente. Toqué a la puerta con suavidad. Nadie respondió. Por un momento pensé que quizá nadie se encontraba en la casa. Así que intenté de nuevo, ahora con más fuerza y escuché la inconfundible voz de mi maestra, quien contestó desde dentro.
- ¡Ya voy, un momentito, por favor!
Tuve que esperar muy poco tiempo. Mi maestra abrió la puerta y, al verme frente a frente con ella, el corazón me golpeó los pulmones con violencia, no sé por qué.
Dinora salió a recibirme con una especie de "disfraz de ama de casa" y un trapeador en la mano. ¡Se veía tan distinta, en sandalias y sin los vestidos formales con los que asistía a dar clases! Llevaba puesta una delgada blusa blanca de botones, desmangada a filo de tijeras y amarrada justo por debajo donde termina su busto y un mínimo, viejo y desteñido pantaloncito de gruesa lona color azul. Era obvio que se encontraba haciendo limpieza en casa, pues casi toda la poquedad de su ropa estaba mojada. En esa forma llamaban mucho la atención sus senos que se adherían a la humedad de la tela que apenas los disimulaba bajo su desvergonzada delgadez, su vientre embellecido por la suave depresión de su ombligo y los troncos hermosos de sus muslos. Llevaba el cabello recogido en una cola, pero aún así, tan estrafalaria como andaba, se veía tan atractiva y sensual como siempre.
- Buenos días, señora- dije. - Buenos días, pasa adelante y siéntate -me dijo-. Sólo termino de hacer la limpieza y te atiendo.

Entré y me senté en el sofá que me ofreció. Ella cerró tras de mí la puerta que daba a la calle. No sé por qué un escalofrío recorrió toda mi espalda al escuchar el portazo, como una presentimiento de lo que estaba a punto de suceder. A medida que ella dirigía sus pasos hacia dentro de la casa a terminar sus quehaceres, me fue imposible evitar que mi mirada siguiera el balanceo de sus magníficas nalgas al caminar, oprimidas bajo la pequeña prenda de lona, como tampoco pude evitar el fijarme en la forma de sus muslos rollizos y bien formados. "¡Dios mío!, ¡Qué trasero que tiene esta vieja!", dije para mí. Pero una emoción muy íntima me hizo reaccionar. Fue como si de repente sintiera un hormigueo en las manos por deslizarlas sobre los contornos de aquellas carnes morenas, sólo por el gusto de comprobar su firmeza. "¡Idalia!, ¿Qué te pasa?" -me recriminé en voz baja.
Regresó casi a los cinco minutos.
- ¿Quieres algo de tomar?, ¿una gaseosa? -dijo al pasar por la cocina. - No, señora, muchas gracias -le respondí.
Ella se sirvió refresco y regresó a la sala. Se sentó a mi lado, muy cerca y fue directo al grano:
- Díme, ¿qué se te ofrece, Idalia? - Bueno, yo vengo a pedirle un favor... - Tú dirás -enfatizó. - Me aparece reprobada su materia y quisiera saber si se puede hacer algo... no sé, cualquier cosa... -estaba demasiado nerviosa. - Veamos, dame tu libreta -me dijo, tomándola de mis manos en forma despreocupada. - Ah, reprobaste el tercer trimestre, y la Ley de Educación Media dice que, quien lo deja tiene que someterse al examen de reposición.
Eso era precisamente lo que yo no quería: hacer un examen de reposición. Seguí insistiendo:
- Pero usted me puede ayudar, ¿verdad? Con sólo decirle a la secretaria que se equivocó al pasar las notas, ella podría corregirlo y pasarme la materia. - En algunos casos se puede, pero antes de que se entreguen las libretas... a estas alturas es imposible hacerlo. - ¿Por qué? - Porque las notas ya están promediadas y revisadas por el director. Ya no se pueden dar pasos hacia atrás.
El resto de la conversación se fue en este "tira y encoge".
- Por favor, señora. Yo sé que se puede. ¡Ayúdeme! - Lo siento, Idalia. Es un proceso que lleva mucho tiempo y estoy muy ocupada. - Entonces, ¿no puede ayudarme? - No.

La respuesta me sonó tan tajante que la impotencia arrasó la esperanza que hasta ese momento había conservado. Temblándome todo el cuerpo por la desesperación, me puse de pie en un acto involuntario por querer salir corriendo de aquella casa, pero mis piernas no me respondieron y sólo pude llevarme las manos al rostro porque me puse a llorar como... ¡una niña!
Por reflejo, casi maternal, se puso en pie también, me atrajo hacia sí y me abrazó contra su pecho con mucha ternura. Mi cuerpo se estremeció en lo más profundo al contacto íntimo, con aquel cuerpo tibio y vigoroso. Como ella era bastante más alta que yo, podía sentir el aroma tan rico que emanaba de sus senos y cómo sus pezones punzaban deliciosamente la parte superior de mi busto, y ello comenzó a despertar en mí una emoción por completo diferente a las que jamás había experimentado con mujer alguna.. Continuaba sollozando mientras ella acariciaba mis cabellos en un vano intento de consolarme.
No recuerdo cuánto tiempo me tuvo abrazada. Poco a poco mis sollozos se fueron apagando y, cuando por fin se separó un poco de mí, me miró fíjamente a los ojos, como queriendo decirme algo. De pronto me dí cuenta de que su rostro iba acercándose al mío... ¡Iba a besarme! Yo iba a rechazarla de una forma enérgica para hacerle entender que no estaba dispuesta a seguir con aquella situación. Pero sus brazos vigorosos aferraron con firmeza mi cintura y volví a sentir sobre mi pecho el piquete de sus pezones endurecidos y sus pechos que se aplastaron sobre los míos y, por no dejar de sentirlos, no me retiré. Sus labios se juntaron con los míos, su lengua se internó en mi boca sondeando todo su interior.
Luego sus labios deambularon por mi cuello, mis mejillas y mis orejas. Al fin se quedó quieta y me miró a los ojos de nuevo. No era necesario que hablara, yo comprendía que ella me ayudaría con mi asignatura aunque no me le entregara. Pero me sentía aturdida. Era verdad que también yo deseaba probar aquel cuerpo de mujer madura, de mujer casada, profesional de la docencia, ama de casa y madre de familia. Desde el principio del año, mi maestra me atrajo sexualmente, mas nunca quise reconocerlo.

Esta vez sus manos ansiosas habían alzado mi falda y acariciaban con frenesí mis nalgas por encima de mi ropa interior. Un escalofrío tensaba todos mis músculos. Trató de desabotonar mi blusa con mucha premura. Yo detuve sus manos para preguntarle:
- ¿No hay nadie más en la casa señora...? - No te preocupes, estamos solas. Mi esposo va a volver hasta las cuatro de la tarde -hizo una breve pausa y dijo-, y no me digas "señora", dime Dinora y no me trates de "usted"...
Miré el reloj de pared, eran las nueve y media. Sí, teníamos tiempo de sobra.
- Está bien, señora. - Dinora -repuso. - Perdón. Dinora -me corregí. - Vamos -dijo casi como un ruego- desnúdate. - ¿Toda? -pregunté con un asombro casi pueril. - ¡Toda! -exigió.
Lerda y con bastante torpeza fui liberando uno a uno los botones de mi blusa de uniforme y la coloqué con delicadeza en el sillón que estaba a mi derecha. Luego solté mi sostén. En esos instantes me sentía cautivada contemplando mis pechos que, a pesar de ser pequeños, los veía inflamados y tensos. Ella se impacientó y desabrochó mi falda, que fue a dar al suelo dejando descubiertas mis piernas coronadas por una preciosa tanga negra de seda y encaje que rápidamente tuvo el mismo destino.
Entonces se sentó en el sofá, me jaló hacia ella y, para no perder el equilibrio, tuve que posar mis rodillas sobre el sillón y los antebrazos sobre sus hombros. Comenzó a chupar mis pezones y a lamer mis pechos y mi vientre con desesperación. Yo me estremecía cada vez más mientras sus manos recorrían mi cuerpo desnudo, mi espalda, mis pechos, mis nalgas, mis muslos.
Introdujo el dedo más grande de su mano derecha en mi boca y me dijo que lo empapara en saliva. Lo hice, sin saber la intención de aquello hasta que sentí que algo romo y húmedo punzó mi ano tratando de introducirse en él. Debido a la lubricación, la falange entró completa con poca dificultad en mi recto, lo que me produjo un delicioso dolor, haciéndome arquear la espalda hacia atrás. Pasada la sensación dolorosa, lo que vino fue un placer que no puedo explicar con palabras. Y para rematarme, empezó a mover el dedo, hurgando profundamente. Aquello me produjo una excitación tremenda. Cuando al fin sacó su dedo sentí un gran alivio y, a la vez, unas inmensas ganas de sentirlo otra vez dentro de mí.
En este punto, se despojó de lo único que simbólicamente nos separaba ya: su ropa. Deshizo el nudo de su blusa y la lanzó tras el sofá. Al hacer esto, sus pechos morenos coronados por dos oscuros pezones rabiosamente erguidos, quedaron liberados de la tensión a la que estaban sometidos y se sacudieron con un excitante temblor. Luego, en un solo movimiento, se quitó el hot-jeas y la tanga roja.
Dinora era una mujer de 31 años, de estatura mediana, bonita y con un cuerpo muy bien formado. Sin ropas, se veía un poco más "rellena" de lo que era en realidad; sus hombros parecían más anchos, sus muslos más redondos y por lo tanto más apetecibles, pero sobre todo me llamaban la atención sus pechos, morenos, voluminosos, y tan cerca de mis manos que podía acariciarlos con sólo alzarlas. Ella era mucho más corpulenta que yo, la diferencia entre nosotras era muy evidente e imaginé que yo llevaba mucha desventaja en aquella carnicería sensual que estábamos a punto librar.


Me acostó con delicadeza en el sofá y su boca atrapó la mía con más lujuria, bajando por mi cuerpo besando mi cuello, mis pechos, mi vientre, la cara interna de mis muslos... hasta que llegó a mi sexo, bañado en las secreciones que ella misma me había provocado con sus caricias y sus manoseos. Su boca se apoderó de él con una sabrosa succión. Explorada por su lengua, mi vagina se contraía de una forma deliciosa, haciéndome gemir una y otra vez. Luego fue introduciendo un dedo en ella y volví a estremecerme con gran placer.
- ¡Uhm! -dijo- estás bien estrecha. Vas a gozar mucho de esto. - ¡Sí, sí! -alcancé a balbucear. - Ahora estoy metiéndote otro dedo, ¿lo sientes? - ¡Ajá!
De verdad, el dedo índice y medio de su mano derecha había invadido mi cavidad vaginal. Era delicioso.
- Bien, ahora voy a introducirte otros dos dedos...
Esta vez, mi vagina se ensanchó al máximo cuando las falanges se deslizaron dentro de mí. La sensación se hizo exagerada cuando mi umbral íntimo fue traspasado y sentí un intenso dolor entremezclado con un extraño y enorme placer.
- ¿Qué sientes? -preguntaba, al tiempo que revolvía los dedos una y otra vez dentro de mi sexo. - Rico, rico....-gemía yo.
Entonces empapó sus dedos con saliva y, con ellos, jugó con mi clítoris por largo rato. Otro dedo había irrumpido en mi ano de nuevo. El placer se me subía al cerebro en oleadas cada vez más frecuentes y contínuas. Ella se dio cuenta de esto y volvió a chuparme el sexo para que yo alcanzara el orgasmo por medio de su boca y su lengua. Hasta que un escalofrío sorprendente recorrió como un relámpago mi espalda. Me estiré al máximo con una sacudida violenta y lancé un gemido largo y encantador. Usando sólo las manos y la boca, me había provocado un orgasmo incomparable e infinito. Uno de los más maravillosos de mi vida.
Pasados unos minutos, cuando las fuerzas empezaron a regresar a mis músculos, sentí algo así como la necesidad de besar todo su cuerpo, de penetrarla como fuera y por donde pudiera, en fin, de hacerla mía. No sé cómo pude, pero logré voltear aquellas ciento cuarenta libras de hembra formidable y dejarla debajo de mí. Bajé hasta sus senos, de los cuales se posesionó mi boca hambrienta. Me excitaba mucho que gimiera en voz alta cuando lamía sus contornos o mordía sus pezones.
Fui bajando poco a poco hasta que llegué a su región inguinal. Ella abrió las piernas casi a ciento ochenta grados para mostrarme su vulva abierta, abultada y mojada. Quedé como extasiada por un momento al observar la gran cavidad que tenía en medio de las piernas. ¡Qué lujuria sentí al ver su enorme torta tan cerca de mi cara! No pude reprimir el impulso y literalmente sumergí mi rostro en la enorme rajadura. Quiso revolver su cuerpo pletórico, pero yo la sujeté con fuerza por los muslos. Yo quería con desesperación que mi lengua penetrara hasta lo más hondo de su vagina, lamiendo las paredes, húmedas y oscilantes. Busqué su clítoris, lamiéndolo y chupándolo cuanto quise. Esto la hacía erizarse como una loca. Es increíble que una chica tan pequeña y frágil como yo estuviera dominando sexualmente a aquel poderoso conjunto de curvas que me aventajaba por mucho en años, peso y experiencia.

- ¡Espera, mi amor, vamos a cambar de posición -me dijo, después de unos minutos. Y se volteó de espaldas a mi, las rodillas en el sofá y los antebrazos en el respaldo de éste, las piernas abiertas en un ángulo recto, mostrándome sus nalgas morenas-. Vamos, amor... ¡Bésame el culo! -me pidió.
Sin pensarlo mucho, metí mi boca en medio de sus nalgotas inmensas en busca del hoyito y lo empecé a lamer por todo su contorno. Pronto me dí cuenta de que sus dos orificios perineales estaban bajo control de mis manos. Mojé un dedo con saliva y lo fui introduciendo en su culo; se estremeció un poco pero no como yo esperaba. Gemía con encanto y sensualidad, eso sí, pero no era suficiente para mí. Empapé los dedos índice y medio de ambas manos y fui metiéndolos uno a uno. Pronto las cuatro falanges desaparecieron dentro de su conducto anal; ella se revolvía cada vez que su ano se ensanchaba más y más. Ya no era el diminuto agujerito de momentos antes, sino un inmenso agujero tensado por la fuerza que ejercían mis dedos sobre sus paredes.
Ahora sí se estremecía como yo quería.
- ¡Aaahhhyyy! -gritaba- ¡Qué rico!, ¡así, así! No pares, no pares...
Mientras mis dedos seguían atenazados por su ano, mi boca continuaba aprisionando su vulva. De pronto comenzó a revolverse como no lo había hecho hasta entonces y a gemir con tanto escándalo que debieron enterarse todos los vecinos de la cuadra. Su vagina empezó a contraerse con más rapidez y a manar con cierta abundancia un líquido que, por el éxtasis del momento, me supo a miel. Me dí cuenta que le había ocasionado uno de los orgasmos más fabulosos que aquella hembra formidable y experta había conseguido.
Cuando saqué los dedos de su trasero, se desplomó boca abajo sobre el sofá y yo me recosté amorosamente sobre su espalda ancha y desnuda. Yo podía sentir que aquel cuerpo sudoroso, aquella mujer de carnes espléndidas y curvas pletóricas que estaba debajo de mí, me pertenecía por completo.
Luego de un rato, recordó algo y preguntó de repente: - ¿Qué hora es? - Las diez y cinco -dije, viendo mi reloj de muñeca. - Tengo que bañarme para ir a traer la niña al colegio. - Está bien, yo ya me voy -dije.
Pasé Letras I con notas excelentes ese año.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Terapia

"Ohhh ahhhh ummmm", Murmuraba Claudia cuando los enormes chorros del esperma que emanaba del pene de Alejandro caían en su cara, boca y senos, terminaban su jornada sexual diaria, pues esa era la relación que mantenían Claudia y Alejandro, ella era su secretaria y el es un Psico-terapeuta de mujeres con problemas con sus maridos. Claudia pidió el trabajo solo por tener sexo con el, era una chica muy coqueta y caliente, el era bien parecido, guapo, con un pene enorme, que volvía locas a todas las hembras que lo probaba, y era el instrumento principal en las terapias.
Cierto día, una nueva paciente llego al consultorio, Carolina, una mujer de 36 años, muy hermosa, pero triste, pues su marido solo complacía sus placeres y no los de ella, no había magia en su relación, solo sexo en bruto, por lo que no soporto mas y busco ayuda profesional con Alejandro, ya que su amiga Lissa la había recomendado.
- Buenas Tardes, mi nombre es Carolina ..., tengo cita con el doctor. - Buenas Tardes, por favor tome asiento el doctor la recibirá en unos momentos.
Alejandro la recibió, y el primer pensamiento de Carolina fue de lujuria, pues era tan guapo Alejandro que sintió cosquilleos por todo su cuerpo.
- Buenas tardes sra., tome asiento por favor. - Gracias Dr. - A ver, a que se debe su visita, cuéntame - Vera doctor, tengo problemas con mi esposo, el es muy frió conmigo, siempre trato de ser algo apasionada con el, pero el solo se satisface y termina todo, siempre tengo que recurrir a la masturbación y no lo soporto mas. - ¿Lo ha platicado directamente con el?
En ese instante Alejandro se levanto de su asiento y se puso detrás de Carolina, y empezó a hacerle un masaje en sus hombros
- Ohh, este, la verdad nunca he platicado con el, por miedo a su reacción.
El masaje ponía inquieta a Carolina, pero no la molestaba, la verdad disfrutaba sentir las manos de tan bello doctor, sentía claramente como su vagina se empezaba a poner húmeda.
- Doctor que buen masaje - Si gusta podemos comenzar mi terapia especial para solucionar su problema.
Alejandro bajo sus manos hacia los pechos de Carolina por dentro de su blusa y empezó a pellizcar sus erectos pezones, ella empezó a gemir suave y pregunto.
- ¿En que consiste esa terapia? - En hacerle lo que usted necesita, señora.
Alejandro comenzó a besar a Carolina desenfrenadamente, mientras ella de primas a primeras empezó a sacar el pene de Alejandro, que cabe decir que era enorme y estaba bien erecto. Ella empezó a lamer la punta del pene, con gran necesidad, empezó a mamarla desenfrenadamente, estaba descargando sus instintos más bajos. Alejandro comenzó a frotar la vulva de Carolina que estaba bien mojada, los dos gemían de placer, cuando le dijo:
- Ahora viene la parte básica de la terapia.
Alejandro cargo a Carolina y la llevo a un sillón, empezó a estimularle el hoyito del culo, ella sintió algo de incertidumbre, pero no desistió, la idea de ser penetrada por el ano la excitaba aun más.
- Penétrame, penétrame!!
Alejandro lentamente empezó a entrar en el ano de Carolina.
- Soy virgen aun por el ano, pero es suyo doctor, es suyo, aplique su Terapia.
Alejandro penetraba el ano de Carolina en un ritmo acelerado, en lo que ella empezó a gemir de dolor junto con placer.
- Uhhhhhhhhhh ahhhhhhhhh uhhhhhhhhhh jodeme, jodeme - Te solucionare tus problemas, preciosa - Hazme acabar, doctor.
El ritmo de Alejandro se acelero, y era tanto la excitación y el placer, que Carolina empezó a gemir por su enorme orgasmo, gemía de placer, había estallado como nunca, su vagina era una catarata de lo mojada que estaba, Alejandro seguía penetrandole el ano, y ella quería mas.
- Ahhhhhh ahhhhhhh voy a acabar -gemía Alejandro, en lo que saco su miembro del delicioso ano de Carolina, y ella automaticamente lo tomo y Alejandro empezó a chorrearla de semen. - Lo quiero todo, todo, que rico, mi amor!!
Carolina estaba estaba extendiéndose por la cara cada gota del dulce semen de Alejandro.
Fue una consulta de lujuria total.
- Gracias doctor, ha solucionado mi problema, regresare mañana si es posible. - Regrese cuando se le antoje Sra., estoy dispuesto a crear nuevas Terapias para usted.
Y así Carolina resolvió su problema, pero personal, dejo que su marido actuara igual, pero tenia una terapia que la respaldaba. Desde esa vez Carolina se hizo adicta a la Psico-Terapia Anal.

martes, 17 de noviembre de 2009

Una noche

Cierto dia acudimos a una discoteca, ya de salida
A Nancy se le antojó un muy atractivo aquel chico que andaría por los veinticinco años, de ojos café claros y con un cuerpo que, aún bajo la ropa, se veía que estaba acostumbrado a largas horas de ejercicios físicos. despues de cruzar varias miradas se acerco y se precento.
-Mucho gusto, me llamo Esteban.
- ¿Andas en carro? -preguntó Mario a Esteban. - No, fíjate que está en el taller. - Si quieres te llevamos. - Está bien, perfecto. - Sólo que primero pasaremos por mi casa y luego pasaremos a dejar a Nancy. ¿Te parece? - Está bien.
A la salida, los tres muchachos abordaron el auto de Mario, un Toyota rojo donde apenas cupieron pues era únicamente de dos asientos. Nancy iba en medio de los dos y aquello le resultaba un poco incómodo y... excitante al mismo tiempo.
Al llegar a casa de Mario, bajaron del coche y entraron a la sala del apartamento. No era lujoso, pero sí tenía lo más indispensable para vivir con suficiente comodidad.
La chica se sentó en el sofá que Mario le ofreció antes de salir a la cocina. Esteban se sentó al lado de Nancy y le hizo plática:
- ¿Y cuántos años tienes? Digo si no es mala educación de mi parte. - De ninguna manera. Tengo veinticuatro. - ¿En serio?, pareces de menos... como de diecinueve o veinte.
El último comentario le hizo gracia y la halagó al mismo tiempo.
Mario habló desde la cocina:
- ¿Quieren un trago? - Sí -respondió Esteban-. ¿Y tú, Nancy?
Nancy no bebía, jamás le había gustado el alcohol, pero esta vez, ni siquiera ella misma entendía por qué sentía deseos de hacer lo que no había hecho nunca, y accedió.
- También -respondió.
Mario apareció con tres copas y le dio una a Esteban y la otra a Nancy y se sentó en el sofá, al lado izquierdo de ella. La chica había quedado de la misma forma como habían venido en el auto. Aquello la estaba mortificando un poco. No era usual para ella estar bebiendo y aún sola en un apartamento con dos hombres. Tomaba con lentitud de la copa, que al principio le raspó la garganta, con su mirada fija en la mesita de cristal del centro de la sala, mientras los chicos se intercambiaban una conversación a la que era por completo ajena.

- ¿Quieren otro? -preguntó Mario. - Por favor -dijo Nancy. -Yo también -secundó Esteban.
Se tomaron otra más. El alcohol, poco a poco, comenzaba a desinhibir a la chica, quien se mostraba más alegre a cada momento.
Siguieron platicando vanalidades por unos minutos. Nancy se estaba impacientando, quería irse para su casa o... Luego hubo un rato de silencio.
De improviso, sin decir nada, la boca de Mario se apoderó de la oreja de Nancy, penetrando la lengua en ella. Nancy se cimbró en lo más profundo y, por pudor o por reacción cosquillenta, se retiró hacia la derecha, pero de ese lado estaba Esteban, quien la recibió de la misma manera. La chica se encontraba acorralada literalmente, así que se levantó del asiento... o por lo menos lo intentó, porque Mario la retuvo por los hombros al mismo tiempo que Esteban le inmovilizó poniendo su mano, abierta en abanico, sobre el vientre, y fue sentada de nuevo.
- No, no -suplicó Nancy- por favor...

En realidad sus palabras eran una falacia, aunque ella no estuviera consciente de eso. Desde que venían en el coche, en sus adentros imaginó aquella situación. Ahora no podía dar marcha atrás, su cuerpecito era presa segura de aquellos amigos suyos y estaba sucumbiendo a sus caricias, porque un escalofrío fascinante comenzaba a recorrer su cuerpo, desde su espalda hasta sus piernas, haciendo que su carne se pusiera erizada y se le pararan todos los vellos de la piel.
- ¡No! -alcanzó a decir por última vez antes de perderse en un remolino enloquecedor.
Los chicos hicieron caso omiso a sus súplicas. Mientras Esteban continuaba besando ardientemente su rostro y sus labios, Mario ya había conseguido alzarle la blusa y el brassier y mamaba sus pechos blancos y sus pezones sonrosados. La mano de Esteban se deslizó como una serpiente hacia el centro de las piernas de Nancy, quien hizo el último acto de pudor y las cerró en vano, ya que aquella llegó antes a su sexo, que ya se encontraba húmedo. Por encima de la delgadísima ropa interior, la mano se deslizó de arriba a abajo haciendo vibrar todas las fibras de la chica desde ese punto tan pequeño.

Ya para entonces, toda la resistencia pasiva de Nancy se había desmoronado y sólo quedaban residuos de su fuerza transformados en leves gemidos, y se abandonó por completo al ataque de sus amigos. Cuando Mario le despojó de su faldita y su tanga, ella incluso le ayudó, quedando completamente desnuda. Esteban, entonces, se dirigió hacia la vulva de la chica, apoderándose de ella con su boca. Nancy se cimbró por la sensación cuando la lengua profanó su más recóndita intimidad con grosería y empezó a revolver en círculos sus caderas. Los muchachos se turnaban para hacerle el sexo oral. Apenas la dejaba uno, el otro se aferraba al sexo de la chica, introduciendo la lengua y lamiéndole casi todo el interior. La chica se agarraba con desesperación al mullido forro del sofá, para que el placer no la impulsara fuera de sí misma. Cada palmo de su piel fue explorado por sus amigos, sin dejar de besar hasta el más íntimo rincón de su cuerpo.
Pero Nancy ya no quiso seguir en desventaja frente a sus oponentes. Con premura, liberó a Esteban de su camisa, dejando al desnudo su atlético pecho, y empezó a quitarle el jeans, tarea que terminó el muchacho por sí mismo. Mario, en tanto, ya había hecho lo propio y se encontraba desnudo. Su miembro viril erguido y enorme, tanto que Nancy creyó nunca haber visto uno de ese tamaño y de ese grosor. Empezó a dudar si lograría soportar la embestida de aquel animal.

La chica se sentó en el sofá y, aferrándose con sus manitas de una nalga de cada chico, los atrajo a ella de tal forma que ambos penes quedaron al alcance de su boca. Casi desencajando las mandíbulas, la chica fue mamándolos. Uno al tiempo, los miembros viriles iban desapareciendo dentro de los finos labios bermellones y salían lubricados por la saliva de la muchacha y un poco manchados de su lápiz labial. Los chicos se estremecían a cada succión de Nancy, como sintiendo que de un momento a otro iban a desatarse en una lluvia líquida dentro de su boca. Nancy no dejaba un centímetro de los falos sin relamer y succionar.
Esteban, antes que Mario, sintió que ya le era imposible continuar sólo con aquella deliciosa, pero insuficiente estimulación. Alzando a la chica en vilo, la condujo a la habitación de Mario, seguidos por éste, y recostó a la chica en la cama, bocarriba, y le abrió las piernas... más bien la ayudó un poco, porque Nancy, ansiosa también, ya las estaba abriendo, mostrando a los chicos su vulva humedecida y tumefacta por la excitación.

Sin más miramientos, Esteban se encajó en medio de las piernas blancas y lindas, y, tomando su pene por el tallo, lo enfiló hacia la velluda hendidura de la chica. Una vez centrado en la abertura, lo hundió rápida pero suavemente. Nancy se sacudió en lo más profundo con la embestida. A Mario no le gustaba permanecer quieto viendo cómo sólo Esteban y Nancy disfrutaban. Volvió a apoderarse con su boca de los pechos delicados de la chica y a producirle un placer extra aparte del que Esteban le estaba proporcionando. Nancy sentía volverse loca a ratos. Mientras una de sus manos acariciaba el pecho peludo de Esteban, con la otra buscaba con afán el pene de Mario, hasta que al fin logró aferrarse a él y empezó a masturbarlo con ahínco. Esteban continuaba entrando y saliendo de Nancy mientras la sujetaba por los muslos. Mario le mamaba los pechos y el abdomen.
Segundos después, Esteban era el que estaba acostado y la chica montada sobre él, el pene erguido encajado en su vagina, cabalgándolo la chica con frenesí con movimientos de arriba abajo mientras el muchacho se asía de las nalgas blancas y redondas de la chica para entrarle con firmeza. Las manos del otro muchacho acariciaban desde la espalda hasta las nalgas, al tiempo que las manos de Esteban estrechaban y frotaban los senos de Nancy.

Poco después, la chica giró sobre Esteban, sin sacar el pene de su cavidad, y quedó de espaldas a él, mostrándole su espléndido trasero, y continuó moviéndose en esta posición. Esteban, al tener contacto visual con el ano de Nancy, dirigió uno de sus dedos hacia el trasero de la chica, haciendo fluctuar la yema en la entrada de su orificio posterior, pero sin introducirlo. Aquella sensación le agradó a Nancy, quien iba a retirarle la mano a Esteban al sentir la incómoda e insolente caricia. Pero luego no lo hizo.
Mario aprovechó la excitación de la chica y le bastó acercar su miembro al rostro de Nancy para que sus labios se prendieran de él con afán.
Nunca se imaginó la muchacha que alguna vez haría el amor con dos hombres a la vez, y aquello llegaba al vértice de lo imaginable. Hasta se le antojó por un momento que no fuesen dos, sino más.
Ni Nancy ni Esteban soportaron más el ejercicio y el chico se derramó dentro de ella. quien dejó escapar el último gemido cuando sintió cómo el líquido caliente inundaba su interior. El chico quedó exhausto en la cama, cansado y satisfecho por completo.

Nancy respiraba profunda y rápidamente, pero no tuvo tiempo de recuperarse. Apenas Esteban salió de ella, Mario se montó y la penetró, haciéndola crecer de nuevo en excitación. Ya Esteban no volvió a tomar parte en la acción, pero a Nancy le bastó sólo Mario para encenderla de pasión, para llevarla al cielo, para satisfacerla de nuevo y darle un orgasmo maravilloso.
Mario colocó a la chica a gatas y, rodeándola con sus brazos, sujetó los pechos y comenzó a penetrarla desde atrás. Para Nancy Figeac aquella experiencia era nueva. En esta posición sentía como si el miembro viril tocara nuevos puntos deliciosos dentro de su vagina y empezó a menear las caderas en un sabroso vaivén, en sentido contrario a los movimientos del muchacho para brindarle una mejor movilidad al pene y para satisfacerse más plenamente ella misma.

Los pechos le dolían por la fuerza con que Mario se había afirmado de ellos, pero el placer que estaba experimentando aminoraban el sufrimiento y lo transformaban en una especie de disfrute masoquista. Fue así como obtuvo su segundo orgasmo en menos de dos minutos. Una fuerza descomunal, mucho más grande que la primera, la lanzó por los aires y sintió que tocaba el cielo otra vez. Lo sintió esta vez como algo explosivo e inminente dentro de su vientre y notó cómo su corazón volvía a palpitar aceleradamente... Luego, nada, sólo un agotamiento enorme, un gozo sin límites y una satisfacción infinita. Mario terminó con espasmos asombrosos, vaciándose dentro de ella en cada movimiento hasta que se exprimió por completo. Nancy cayó desplomada entre los dos chicos, que la abrazaron y la acariciaron mientras se recuperaban de aquel remolino que los había envuelto.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Fin de Año

Como todos los años, el colegio donde yo estudiaba organizaba una despedida a los alumnos de último grado; esa noche era súper importante para mí y para la mayoría de mis compañeros pues, probablemente, era la última vez que nos veríamos. Esa noche, la reunión era en un renombrado club de la ciudad. La noche empezó aburrida, primero los actos de siempre, que los himnos, las palabras de los profesores, bla, bla, bla... Como a las 9:30, nos dieron la comida y luego a azotar baldosa (bailar). Esa noche todas las niñas iban bien vestidas y se puede decir que no había ninguna fea. Me llamó la atención una chica de vestido azul; llevaba el cabello cogido en una moña y un escote que te permitía ver lo que quisieras, tenia sostén con "varillitas" que le levantaban esos hermosos senos lo suficiente como para desearlos.

Tenía un traserito redondito y bien formado, se notaba que asistía al gimnasio. Cuando estábamos bailando, la busqué durante algo más de dos horas para bailar con ella, pero por ningún lado la encontré. Estaba frustrado. A unos pasos del club había un sitio donde estaban bebiendo unos tipos (en el club lo más fuerte que nos daban era coca-cola con unas "góticas" de ron), y decidí ir a ver quién estaba. Encontré a un par de amigos que estaban tomadísimos, y me senté en la mesa de ellos a conversar. Ella también estaba en aquel local. Me quedé mirándola unos segundos, tuve una pequeña erección de sólo imaginar metiéndole mi polla en su culito. Ella me miró a los ojos y le sonreí. Me acerqué a su mesa y me presenté. Ella estaba con dos amigas más (que también estaban muy bien). Charlamos un rato hasta que una de ellas propuso subir al club a bailar algo más "apretadito".

Entramos, y las amigas de Eliana se encontraron con unos amigos y se fueron a bailar. Le pregunté si quería bailar y me dijo que no. Nos dirigimos a un balcón que daba a la parte de atrás del club. Había otras parejas allí. Hablamos un rato y, de pronto, la conversación se tornó hacia el sexo. Sin darnos cuenta estábamos solos en el balcón. Al cabo de un rato yo estaba excitado, mi polla se salía del pantalón y ella se percató. Se acercó hacia mí y me besó en la boca.- ¿Te gusto? -me preguntó. - Un resto -le respondí, y antes de acabar de hablar ella ya había llevado su mano a mi bragueta y me masajeaba la polla por encima. Me acerqué más a ella y con la mano le acaricié los senos. Con la mano le corrí el vestido para dar paso a sus senos cubiertos por un fino sostén negro que corrí hasta llegar a sus hermosos senos, que masaje unos segundos hasta poner duros sus pezones. Mientras, ella se apoderaba de mi pene y me hacía una paja fenomenal. Bajé mi rostro hasta quedar a la altura de sus senos y comencé a succionar como si fuera un niño.

Eliana emitió un pequeño gemido. Pasé mis manos por su espalda, bajé la cremallera de su vestido y acaricié su espalda.- Tienes las manos muy frías -me dijo. Seguí bajando hasta su traserito y se lo masaje. Ella me paró y me dijo que quería tragarse mi polla. Me bajó los pantalones hasta la rodilla y empezó a pasarme la lengua por mi glande, luego fue humedeciendo todo mi pene hasta que, sin aviso alguno, se la tragó toda. El placer que sentía en ese momento era indescriptible y Eliana era toda una profesional en eso. Sentí que me venía y se lo dije, pero a ella no le importó y me vine en su boca. Se tragó toda mi leche. Luego se paró, yo la tomé por la cintura y la atraje hacia mí. Me arrodillé ante ella, le levanté la falda, que dio paso a un coñito rosadito y mojado. No traía tanga ni nada. La miré a los ojos y me dijo con la mirada que se la lamiera toda, hasta dejársela seca (cosa que, por cierto, veía muy difícil). Acerqué mi lengua a su coñito y enseguida sentí lo saladito, y a la vez dulce, de sus jugos. Metí mi lengua y jugué con su clítoris mientras por el ano le introducía un dedo.

Ella emitió unos gemidos que me excitaban cada vez más hasta hacerme poner tiesa la polla de nuevo. Ella llegó al orgasmo y, entre gemidos, me dijo que quería que la penetrara. Le dije que sí, pero que allí no. Nos arreglamos un poco y nos fuimos del balcón. Pedí prestado algo de dinero a unos amigos, lo suficiente para pagar un buen hotel, y nos fuimos. Durante el camino al hotel, en el taxi, no podía dejar de mirarla. Cada segundo que pasaba me parecía más linda. No pude evitarlo y le acaricié la pierna, a lo que ella me correspondió mirándome a los ojos con deseo. Llegamos al hotel, y ya en la habitación, le dije que la quería ver completamente desnuda. Ella se fue desnudando muy despacio, bailando, como si me estuviera haciendo un show strip tease para mí solito. Yo no podía aguantar más. Sus hermosos senos, su cinturita, sus piernas (tenía las piernas más lindas que jamás haya visto), su coñito... Cuando estaba completamente desnuda, me abalancé sobre ella y nos botamos a la cama. Me miró algo sorprendida y yo a ella con lujuria. Empecé besándole los senos. Con mi lengua jugaba con sus pezones, que estaban paraditos y duros. Fui bajando hasta su coño, el cual devoré íntegro. Ella gemía incontrolablemente.

Le restregué la cabeza de mi pene en la entrada de su vagina. Ella me dijo que era virgen, que se lo introdujera suave. Se lo fui metiendo muy suavemente hasta que la desvirgué. Empecé a embestirla rápidamente y a cada embestida ella emitía un gemido. Eso me ponía a mil. Sentí que me venía y traté de retirar mi pene para eyacular en su vientre, pero ella me dijo que quería sentir mi leche en su vagina. Mi semen salió e inundó toda su vagina. Su cara fue transformándose en una expresión de placer. Acerqué mi boca a sus labios y la besé. Estaba exhausto. Había tenido el orgasmo más rico de toda mi vida con la chica más linda del colegio.- ¿Qué te pareció? -le pregunté. - ¡Fantástico! , tenemos que hacerlo más a menudo -y me guiñó el ojo. Nos unimos en un beso, que aún recuerdo, durante unos 5 minutos. - A propósito -me dijo-. ¿Quieres ser mi novio?