Esta historia es real y me ocurrió hace unos años, cuando tenía 16. Yo vivía en un pequeño pueblo, en el corazón de un bosque frondoso, con árboles altos y bellos que daban a todo el pueblo un aroma especial. El colegio estaba del otro lado del bosque y en los días lindos iba y volvía caminando por los senderos que atravesaban el bosque en todas direcciones. En la misma clase estaba Norma, una hermosa chica que vivía no muy lejos de mi casa, del mismo lado del bosque. A veces nos encontrábamos y caminábamos juntos para ir o volver del colegio, hablábamos pavadas y yo estaba perdidamente enamorado de ella, pero nunca se lo revelé.Norma era una hermosa criatura, rubia, de cabello enrulado, ojos verdes y un cuerpo que me provocaba erecciones con sólo verlo.
Tetas no muy grandes pero paraditas con un par de pezones puntados, estómago chato y un culito redondito y chiquito. Siempre trataba de volver con ella; a veces perdía tiempo si veía que Norma se retrasaba o corría a pasos gigantes si ella salía antes del colegio y no me esperaba. Así fue ese día. Una profesora me retuvo hablando y Norma se fue. Cuando salí, la vi. alejarse por el sendero. Apuré el paso para alcanzarla, pero estaba bastante lejos. En un momento dado, Norma abandonó el sendero y se internó en el bosque. Yo la seguí tratando de no hacer ruido para no ser descubierto. Cuando estaba ya lejos del sendero puso el portafolio en un árbol y, ante mi asombro, se levantó la falda, se sacó la bragas y en una posición semisentada se puso a orinar.Era la primera vez que veía a una chica orinando tan cerca. Pude ver perfectamente su conchita, y en realidad era la primera vez que veía una vagina completamente en vivo y no en fotos de revistas. Cuando terminó de orinar, Norma sacó del bolso un poco de papel higiénico y se secó ante mis ojos asombrados por el inesperado espectáculo que acababa de presenciar.
El corazón me latía enloquecido y, sin querer, me tropecé y Norma me descubrió. Se puso colorada como un tomate y comenzó a llorar de vergüenza. Me acerqué y la abracé, prometiéndole que no le contaría nada a nadie, que esto sería nuestro secreto. Le di un besito en la mejilla y Norma dejó de llorar, sacó otro poco de papel y se secó las lágrimas.Ya más tranquila ella, nos sentamos en un árbol y me pidió que le jurara que no le contaría a nadie lo que había visto. Por supuesto, le prometí nuevamente que no lo haría. Norma me dijo que haría cualquier cosa por mí si prometía cumplir con mi juramento. "¿Cualquier cosa?", le pregunté, y me contestó que sí. Tomé valor y le pedí volver a ver su conchita bien de cerca, ya que nunca había visto una a pocos centímetros. Se sonrojó y me pidió tiempo hasta el día siguiente para pensarlo, pues era un pedido que la avergonzaba. Volvimos al sendero y caminamos en silencio hasta separarnos para ir a nuestras casas. Me costó dormir esa noche pensando en la respuesta que me había dado Norma, en el espectáculo que había visto en el bosque y, sobre todo, en lo que vería si Norma aceptaba mi pedido. A la mañana siguiente, al salir para el colegio, vi que Norma esperaba en el sendero y corrí a su encuentro.
Norma decidió que, como mi pedido fue hecho sin presionarla, en forma dulce y no como un chantaje, aceptaba mi pedido. Caminamos juntos hasta el colegio y quedamos en encontrarnos a la salida en el mismo lugar, pero iríamos separados para no llamar la atención si alguien nos veía internarnos en el bosque.Las horas de clase parecieron eternas y no paré de pensar en la conchita de Norma en toda la mañana. Al tocar el timbre de salida, salí disparado al lugar del encuentro. Norma tardó un poco en llegar y pensé que no iría, que se había arrepentido. Al llegar se disculpó pero las chicas la retuvieron para preguntarle algo y no pudo escaparse.Ya solos en el bosque, me pidió que no hablara mucho pues se moría de vergüenza, pero una promesa era una promesa. Se bajó la bombacha y se levantó la pollera. Frente a mis ojos estaba la conchita de Norma sólo para mí. Le pedí que me mostrara por dónde salía el pis, y me indicó con el dedo. Le pregunté si podía tocar los labios y separarlos para ver más adentro, y ella aceptó poniéndose colorada. El contacto de mi mano en su conchita le produjo un escalofrío que le hizo temblar todo el cuerpo. Pero le gustó. Puse un dedo dentro y Norma comenzó a jadear. Norma jadeaba cada vez más. Yo casi había terminado de explorar el interior de su rosada conchita que cada vez se ponía más húmeda y caliente. Cuando saqué el dedo, para mi sorpresa Norma me pidió que no lo hiciera y que le pusiera el dedo más profundo. La conchita de Norma estaba chorreando jugos aromáticos y pegajosos y yo estaba enloquecido por la excitación.
No sólo había visto una concha a centímetros de mis ojos sino que la estaba tocando a mi entero placer. Al cabo de unos minutos de meter y sacar los dedos, Norma pegó un gritito, se estremeció toda y tuvo un temblor descontrolado en todo el cuerpo. Saqué mis manos, pero Norma me las metió de nuevo dentro de ella. Estaba completamente mojada. Respiraba agitada y entrecortadamente. Había tenido su primer orgasmo y era yo quien se lo había producido. Estaba feliz.Cuando se calmó, nos besamos en la boca y aproveché para tocarle un poco las tetas, que estaban duras como piedras, y acariciarle el culo, que más de una noche había sido el motivo de mis masturbaciones. Norma me dijo que había cumplido con creces mi pedido, pero que ella quería pedirme también algo. Se acercó a mi oído y, casi susurrando, me dijo que ella tampoco había visto nunca una pene de cerca y quería que se la mostrase. De más está decir que acepté de inmediato. Me bajé los pantalones y los calzoncillos, y mi pene, que estaba parada y dura, quedó frente a sus ojos. Me la tocó, al principio con un poco de miedo, pero enseguida se aflojó y, acariciándomela arriba y abajo, me masturbó mientras me acariciaba los huevos. Al cabo de unos minutos acabé en sus manos con un chorro de leche caliente y espesa. Nos tiramos al piso acolchado por las hojas de los árboles. Abrazados, nos besamos apasionadamente un largo rato, mientras nuestras manos exploraban cada centímetro de nuestros cuerpos. En forma inevitable, mi verga caliente buscó la concha hirviente de Norma, que no opuso ninguna resistencia. Y, lentamente, penetré su conchita virgen. Ninguno de los dos tenía experiencia pero la naturaleza es sabia y las películas de la tele ayudaron.
Norma gemía y daba grititos, en su mezcla de dolor y placer, mientras mi verga entraba y salía de su concha empapada de jugos sin ninguna dificultad. Norma tuvo su segundo orgasmo, fue espectacular, se le arqueó el cuerpo y temblaba como loca. Yo ya no me aguanté más y, cuando sentí que acababa, la saqué y los chorros de leche calentita cayeron sobre los pelos de la concha y sobre su estómago. Norma mojó sus dedos en la leche que tenía sobre el cuerpo y la probó. Dijo que era rica y dulce. Esa tarde perdimos juntos nuestra virginidad. Fue hermoso e inolvidable. Luego repetíamos la experiencia casi todos los días, entregándonos a un sinfín de actos sexuales que íbamos descubriendo poco a poco. Con el tiempo probamos de todo. Cogíamos y disfrutábamos el uno del otro sin límites. Han pasado casi ocho años de esta historia. Hoy Norma es mi esposa y, por supuesto, seguimos cogiendo sin perder oportunidad y en los lugares más insólitos, pero siempre el bosque fue y seguirá siendo nuestro lugar preferido, al cual tratamos de volver cada vez que podemos.
Tetas no muy grandes pero paraditas con un par de pezones puntados, estómago chato y un culito redondito y chiquito. Siempre trataba de volver con ella; a veces perdía tiempo si veía que Norma se retrasaba o corría a pasos gigantes si ella salía antes del colegio y no me esperaba. Así fue ese día. Una profesora me retuvo hablando y Norma se fue. Cuando salí, la vi. alejarse por el sendero. Apuré el paso para alcanzarla, pero estaba bastante lejos. En un momento dado, Norma abandonó el sendero y se internó en el bosque. Yo la seguí tratando de no hacer ruido para no ser descubierto. Cuando estaba ya lejos del sendero puso el portafolio en un árbol y, ante mi asombro, se levantó la falda, se sacó la bragas y en una posición semisentada se puso a orinar.Era la primera vez que veía a una chica orinando tan cerca. Pude ver perfectamente su conchita, y en realidad era la primera vez que veía una vagina completamente en vivo y no en fotos de revistas. Cuando terminó de orinar, Norma sacó del bolso un poco de papel higiénico y se secó ante mis ojos asombrados por el inesperado espectáculo que acababa de presenciar.
El corazón me latía enloquecido y, sin querer, me tropecé y Norma me descubrió. Se puso colorada como un tomate y comenzó a llorar de vergüenza. Me acerqué y la abracé, prometiéndole que no le contaría nada a nadie, que esto sería nuestro secreto. Le di un besito en la mejilla y Norma dejó de llorar, sacó otro poco de papel y se secó las lágrimas.Ya más tranquila ella, nos sentamos en un árbol y me pidió que le jurara que no le contaría a nadie lo que había visto. Por supuesto, le prometí nuevamente que no lo haría. Norma me dijo que haría cualquier cosa por mí si prometía cumplir con mi juramento. "¿Cualquier cosa?", le pregunté, y me contestó que sí. Tomé valor y le pedí volver a ver su conchita bien de cerca, ya que nunca había visto una a pocos centímetros. Se sonrojó y me pidió tiempo hasta el día siguiente para pensarlo, pues era un pedido que la avergonzaba. Volvimos al sendero y caminamos en silencio hasta separarnos para ir a nuestras casas. Me costó dormir esa noche pensando en la respuesta que me había dado Norma, en el espectáculo que había visto en el bosque y, sobre todo, en lo que vería si Norma aceptaba mi pedido. A la mañana siguiente, al salir para el colegio, vi que Norma esperaba en el sendero y corrí a su encuentro.
Norma decidió que, como mi pedido fue hecho sin presionarla, en forma dulce y no como un chantaje, aceptaba mi pedido. Caminamos juntos hasta el colegio y quedamos en encontrarnos a la salida en el mismo lugar, pero iríamos separados para no llamar la atención si alguien nos veía internarnos en el bosque.Las horas de clase parecieron eternas y no paré de pensar en la conchita de Norma en toda la mañana. Al tocar el timbre de salida, salí disparado al lugar del encuentro. Norma tardó un poco en llegar y pensé que no iría, que se había arrepentido. Al llegar se disculpó pero las chicas la retuvieron para preguntarle algo y no pudo escaparse.Ya solos en el bosque, me pidió que no hablara mucho pues se moría de vergüenza, pero una promesa era una promesa. Se bajó la bombacha y se levantó la pollera. Frente a mis ojos estaba la conchita de Norma sólo para mí. Le pedí que me mostrara por dónde salía el pis, y me indicó con el dedo. Le pregunté si podía tocar los labios y separarlos para ver más adentro, y ella aceptó poniéndose colorada. El contacto de mi mano en su conchita le produjo un escalofrío que le hizo temblar todo el cuerpo. Pero le gustó. Puse un dedo dentro y Norma comenzó a jadear. Norma jadeaba cada vez más. Yo casi había terminado de explorar el interior de su rosada conchita que cada vez se ponía más húmeda y caliente. Cuando saqué el dedo, para mi sorpresa Norma me pidió que no lo hiciera y que le pusiera el dedo más profundo. La conchita de Norma estaba chorreando jugos aromáticos y pegajosos y yo estaba enloquecido por la excitación.
No sólo había visto una concha a centímetros de mis ojos sino que la estaba tocando a mi entero placer. Al cabo de unos minutos de meter y sacar los dedos, Norma pegó un gritito, se estremeció toda y tuvo un temblor descontrolado en todo el cuerpo. Saqué mis manos, pero Norma me las metió de nuevo dentro de ella. Estaba completamente mojada. Respiraba agitada y entrecortadamente. Había tenido su primer orgasmo y era yo quien se lo había producido. Estaba feliz.Cuando se calmó, nos besamos en la boca y aproveché para tocarle un poco las tetas, que estaban duras como piedras, y acariciarle el culo, que más de una noche había sido el motivo de mis masturbaciones. Norma me dijo que había cumplido con creces mi pedido, pero que ella quería pedirme también algo. Se acercó a mi oído y, casi susurrando, me dijo que ella tampoco había visto nunca una pene de cerca y quería que se la mostrase. De más está decir que acepté de inmediato. Me bajé los pantalones y los calzoncillos, y mi pene, que estaba parada y dura, quedó frente a sus ojos. Me la tocó, al principio con un poco de miedo, pero enseguida se aflojó y, acariciándomela arriba y abajo, me masturbó mientras me acariciaba los huevos. Al cabo de unos minutos acabé en sus manos con un chorro de leche caliente y espesa. Nos tiramos al piso acolchado por las hojas de los árboles. Abrazados, nos besamos apasionadamente un largo rato, mientras nuestras manos exploraban cada centímetro de nuestros cuerpos. En forma inevitable, mi verga caliente buscó la concha hirviente de Norma, que no opuso ninguna resistencia. Y, lentamente, penetré su conchita virgen. Ninguno de los dos tenía experiencia pero la naturaleza es sabia y las películas de la tele ayudaron.
Norma gemía y daba grititos, en su mezcla de dolor y placer, mientras mi verga entraba y salía de su concha empapada de jugos sin ninguna dificultad. Norma tuvo su segundo orgasmo, fue espectacular, se le arqueó el cuerpo y temblaba como loca. Yo ya no me aguanté más y, cuando sentí que acababa, la saqué y los chorros de leche calentita cayeron sobre los pelos de la concha y sobre su estómago. Norma mojó sus dedos en la leche que tenía sobre el cuerpo y la probó. Dijo que era rica y dulce. Esa tarde perdimos juntos nuestra virginidad. Fue hermoso e inolvidable. Luego repetíamos la experiencia casi todos los días, entregándonos a un sinfín de actos sexuales que íbamos descubriendo poco a poco. Con el tiempo probamos de todo. Cogíamos y disfrutábamos el uno del otro sin límites. Han pasado casi ocho años de esta historia. Hoy Norma es mi esposa y, por supuesto, seguimos cogiendo sin perder oportunidad y en los lugares más insólitos, pero siempre el bosque fue y seguirá siendo nuestro lugar preferido, al cual tratamos de volver cada vez que podemos.
Yo, temeroso de que se hubiera fracturado algo, me acerqué a auxiliarla. En la caída la falda del colegio se había desgarrado, quedando ella en mallas, que eran muy comunes en las chicas, sobre todo en las mayores. Yo, sin darle importancia a su vestimenta, me acerqué y me arrodillé ante ella; puse su cabeza en mi rodilla y le empecé a hablar, sin obtener respuesta. La levanté y la acosté sobre una mesa para que descansara. Pasaron quince minutos después del accidente hasta que empezó a reaccionar.Cuando se puso de pie, fue cuando pude ver su escultural cuerpo con mayor precisión. Ella siempre fue muy linda y simpática conmigo, pero francamente nunca me había dado cuenta de esas tetitas que en realidad parecían melones, de ese culito tan amplio que haría feliz a cualquiera y que a pesar de sus 14 años ya estaba demasiado desarrollado. Cuando se acercó hacia mí, me dio un beso en la mejilla y me dijo que estaba muy agradecida por haberla socorrido en ese momento. Le dije que no importaba y que mejor pensara en la manera de salir de ese problema. Ella me dijo que no me preocupara y se sentó a junto a mí tomando mi mano, lo que me desconcertó un poco.Seguimos charlando hasta el punto en que, no sé cómo, hablamos de sexo. Ella me preguntaba si yo había tenido algún acercamiento sexual, a lo que dije que no, y a la vez le pregunté lo mismo. Ella se quedó seria mirando hacia el techo; yo le repetí la pregunta, pero esta vez ella se acercó susurrando a mi oído que no, pero que le gustaría empezar cuanto antes. Este comentario fue la gota que derramó el vaso. Mi polla llegó al punto más alto, tanto que creí que iba a reventar mi pantalón. Ella se paró y, dando unos pasos adelante, dio media vuelta y se tomó la cintura. Empezó a contonearse y a bailar sensualmente. Yo ya estaba a reventar y eso que faltaba lo mejor. Ella empezó a quitarse la blusa, quedando sólo con un top y las mallas. Yo ya no podía más por lo que, de un jalón, me arranqué la camisa y el cinturón.
Pamela se acercó a mí dándome un beso francés que desencadenó todo. Yo, de un tirón, le quité el top y le bajé las mallas sin cuidado por la calentura, quedando ella en brassier y con unas braguitas que realmente fascinaban.Yo, para ese entonces, estaba casi totamente desnudo. Le empecé a acariciar sus tetas hasta que, sin querer, le reventé el cierre. Sus tetas cayeron como dos gotas de agua en mis manos; era imposible no tocar esas preciosidades. Bajé poco a poco hasta llegar a su coñito, que para ese momento ya estaba húmedo. Me pidió que lo besara con las bragas puestas pero yo no esperé más y se las arranqué con una fuerza descomunal. Empecé a besarle su conchita y a meterle la lengua y a sentir sus líquidos. En ese momento nos tiramos al suelo e hicimos un 69 excepcional. Yo, al igual que ella, era inexperto y no aguanté correrme en su boca. Yo pensé que eso le daría asco, pero cual fue mi sorpresa cuando empezó a tomar toda mi leche y mamarme con más fuerza. Ella también se corrió en mi cara y también empecé a tomarme todos sus líquidos.Un rato después, se sentó y abrió las piernas diciéndome que la follara, que no podía esperar más. En ese momento reaccioné un poco y le pregunté si estaba segura, porque iba a perder la virginidad.
Ella dijo que eso era lo mejor que le podía ocurrir: "A poco no te gustaría ser el primero en mi vida". Eso me calentó con más ganas y me abalancé sobre ella con más fuerza de lo normal. Sin esperar, le metí mi polla tanto como pude. Ella soltó un grito ensordecedor de placer que hacía que me calentara más, y poco antes de correrme me salí, corriéndome en sus tetas y su cara.Yo la seguía besando. Cuando pasó un tiempo mi polla, que se había vuelto fláccida, volvió a la normalidad, y volvimos a lo anterior. Esta vez fue todavía más placentero pues ella seguía contoneándose y gimiendo con tal fuerza que retumbaba en las paredes del edificio. Esta vez no aguanté y me corrí dentro. Ella se asustó un poco pero ganó lo caliente del momento, lo olvidó y seguimos ahí, pegados unos 15 minutos. Inventábamos posiciones y eso nos tenía más entretenidos. Cuando mi polla empezó a bajar de tamaño, la saqué y me puse a descansar en el piso; así estuve como unos 5 minutos cuando ella se paró, empezó a bailar y luego se dejó caer en el suelo. Pero esta vez en lugar de abrir las piernas, se empinó y me dijo: "mira mi culito, ¿a poco no te gustaría picarlo unas cuantas veces?". Ese comentario reanimó mi polla y en menos de 5 segundos ya estaba otra vez parada. Nunca en mi vida había sentido algo parecido. Como dije, yo era inexperto, por lo cual le metí la polla de una vez, y ella soltó el grito más fuerte que he escuchado en mi vida. Lloró y me insultó tanto que yo creí que estaba a punto de terminar el sueño, pero en eso dijo: "no te preocupes, sólo ten cuidado la próxima vez".
Yo lo hice otra vez pero con mucho cuidado, metiéndola cada vez un poco más hasta el punto en que yo tenía todo dentro de ella. Yo creí que eso le molestaba pero ella, entre gemidos y gritos, decía: "sigue..., ahhhh si..., qué rico..., ahhhh...". Yo estaba en otro mundo. Así estuvimos nada menos que 45 minutos y realmente fueron los mejores momentos de mi vida. Cuando ya no podíamos más nos pusimos a acariciarnos, besaba sus tetas, las llenaba de leche; mientras tanto ella me mamaba y se tomaba todo lo que yo sacaba.Al final nos empezábamos a limpiar cuando ella se dio cuenta de que su ropa estaba totalmente desgarrada y que no iba a poder salir así de allí; así que pasaríamos toda la noche en aquel lugar. Yo salí, llamé a nuestras casas para decir que íbamos a quedarnos a dormir con un amigo y lo mejor es que se creyeron todo. Esa noche fue también inolvidable, pero esa es otra historia que ya les contaré.
Me vuelves a besar, explorando suavemente mis labios y luego sigues la línea de mi quijada, encuentras mi oreja y me respiras tu aliento en ella, me mordisqueas el lóbulo y me cubres el cuello de besos y caricias con la lengua, me vuelves a besar. Yo callo y te dejo hacer, mi respiración empieza a cambiar y tú lo notas.Me preguntas si no tengo frío (estamos empapados de lluvia) y te digo que sí, un poco. Me preguntas por qué no me quito la blusa y te respondo que no es necesario, no es tanto. Te pregunto por qué y me dices que lo deseas. Me besas el cuello y ya no digo nada, vas bajando hasta quitarme la camiseta, que está empapada, y como no traigo sostén se revelan perfectamente mis pechos, bastante grandes, porque después de esos besos escalofriantes tengo los pezones duros y erectos a más no poder.
Acaricias mi costado sintiendo la plenitud de mi seno, la depresión de mi cintura, la suave curva de mi cadera. Me estremezco bajo tu contacto; acaricias los rizos de mi pubis y subes por mi vientre hasta llegar a la hinchazón turgente de mi seno. Me besas los senos con ternura pero eso produce ataques eléctricos en mi piel. Me preguntas "¿Quieres que te de placer, Esmeralda?". Yo cierro los ojos y te digo que sí con la cabeza. Me besas el cuello y vas bajando poco a poco con un movimiento circular de tu lengua en mi seno hasta lograr que mis pezones palpiten de ansias de tí. Al principio mamas suavemente pero despues aumentas la succión y yo gimo con emoción.
Con tu otra mano bajas hasta la parte interior de mi muslo, abro mis piernas y tu mano empieza a acariciarme; de repente sientes una humedad caliente que te indica que estoy lista para recibirte. De mis senos bajas hacia mi pubis, cuando tu lengua alcanza la parte superior de mi hendidura brinco, dando un grito, recayendo de espaldas y gimiendo con gran placer. Tu virilidad palpita anhelante, impaciente, mientra cambias de posición para deslizarte entre mis piernas. Entonces abres mis repliegues y saboreas lenta y deliciosamente. Tú no podías oír los ruidos que yo hago mientras me sumerjo en ese estallido de sensaciones exquisitas que me recorren mientras tu lengua me explora en cada repliegue y cada borde.
De repente me retuerzo, sollozando de éxtasis; con dos dedos penetras mi húmeda cavidad y aplicas presión en ella.Te grito que te necesito, que te necesito con urgencia, y tratas de penetrar suavemente en mí, pero es tal mi éxtasis que con mis piernas te jalo hacia dentro de mí, acariciando tus nalgas y sintiendo tu piel. Mis profundidades húmedas y cálidas te reciben completo, te abrasan y te envuelven con desenvoltura. Te retiras un poco y me vuelves a penetrar. Mientras que mi paso te acaricia cual largo eres, gritas mi nombre soltándote y dándome todo de ti, hasta que me llenas de tí y entonces tus gritos más profundos surgen en armonía con mis sollozos mientras oleadas de placer inefable nos envuelven y con un alivio exquisito caes sobre mí.